…Ya no sé si lo que intento es dormir o despejarme. El colchón se despedaza ruidosa y lentamente bajo mi apestoso cuerpo, que como un saco de huesos se mantiene mirando al techo con el miembro erguido y duro entre las piernas, que va a estallar, que consume la poca energía que queda y no me deja ni tan siquiera mover los brazos. Los párpados suben y bajan como ráfagas de aire frio y caliente dejándome entrever un juego de siluetas macabras y sonrisas de mujer en las paredes del cuarto. Acuden a mi mente una serie de imágenes y recuerdos: el calor de tu cuerpo ausente acostada en el suelo como una falsa Ofelia, borrándose ya de tu cara las esperanzas. Después tu misma cara entre mis piernas, con los pechos a punto de desbordarse del escote, y el ser que me quita la fuerza se vuelve aún más rígido.
Ya no sé en qué lado de la cama está la mesilla, con el cajón cerrado a presión, con el bote de pastillas dentro, que llama, que se pasea de un lado a otro de su cubículo sonando como un puto sonajero, y el bebé quiere juego. Intento moverme y echarme a un lado una y otra vez. Creo conseguirlo, pero entonces despierto y me doy cuenta de que no ha sido real y lo vuelvo a intentar, una y otra vez. Mis intentos de cambiar de postura acaban convirtiéndose en espasmos de drogadicto y mi otro yo se siente asustado y sorprendido, como el pobre Gregorio Samsa al despertar de su metamorfosis. ¿En qué me he convertido? Rojo, negro y rojo desfilan por mi cara, puedo incluso oler los colores por encima del sudor de mi cuerpo. Huelo el frio y caliente hierro oxidado de las manchas de la pared, las toco con la mano y siento el áspero de su tacto recorrer mis dedos. Podría pasar horas así y despertar de nuevo en la cama con el rabo entre las piernas.


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